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Los Toros de Girón
 Las maceteras y el toro Eran casi las ocho de la mañana cuando llegamos a Girón, un pueblo situado aproximadamente a una hora de viaje desde Cuenca, al sur de Ecuador. Con las cámaras listas y la incertidumbre que presenta lo desconocido, Andrew, Marcela y yo, tomamos un taxi hacia Girón. La razón de nuestro temprano viaje era el presenciar la poco publicitada “Fiesta de los Toros”, una celebración de la cual había escuchado unos meses atrás durante una visita a Inglaterra (El extraño destino quizo que escuchara sobre ella muy lejos de mi propia tierra). Mi curiosidad superaba cualquier temor, pues -viviendo en la ciudad de Cuenca- jamás había escuchado de ésta celebración y era precisamente un Inglés, el fotógrafo Andrew Smiley, quién me comentó sobre su existencia. Ante tal paradoja del destino, casi sin siquiera conocer de que se trataba, ese momento viajaba con mis inmejorables compañeros a documentar algo sobre lo cual poco se ha escrito.
Ninguno de nosotros tenía idea de lo que nos esperaba. Al llegar al pueblo, bajamos del taxi con la misma pregunta de siempre: ¿Hacia donde vamos? Casi siempre éstos festejos van ligados a la iglesia católica que domina religiosamente esta zona... asi que nos dirigimos hacia la iglesia, situada junto al parque central del pueblo (como sucede en casi todos los pueblos coloniales de América Latina). Escuchamos cánticos saliendo de las puertas de la iglesia y supusimos que la fiesta comenzaría luego de la misa; pero hablando con algunos transeúntes, descubrimos que a pocas cuadras de donde estábamos, la “Fiesta de los Toros” estaba por comenzar. El lugar no era la Iglesia... debíamos dirigirnos al estadio local.
Rápidamente caminamos con rumbo hacia una cancha de fútbol. La gente acudía hacia el lugar muy de prisa y a lo lejos se escuchaban detonaciones de juegos pirotécnicos. Al filo de una quebrada, la gente corría rápidamente buscando un lugar desde donde presenciar el espectáculo. En frente nuestro estaba el estadio local. Apenas llegamos al lugar, una muchedumbre pasó frente a nuestros ojos persiguiendo un toro que intentaba huir, quizá adivinando el cruel destino que le esperaba. Entre saltos y miradas curiosas, llegamos rapidamente hacia un lugar donde se escuchaba una banda de pueblo, entonando las canciones típicas de éste tipo de festividad. La gente bailaba muy alegremente entre elegantes muchachas con blusas blancas y multicolores faldas... y en el centro, un toro daba brincos e intentaba escapar de la muchedumbre atacando a quién se interpusiera en su camino. El contraste de la elegancia de las muchachas, la música de fondo y los ya alcoholizados hombres que dominaban al toro, era casi irreal.
Parecía una novela salida de la más extraña ficción jamás soñada por García Márquez. Varias mujeres llamadas “Maceteras” (Cholas cuidadosamente seleccionadas por el personaje principal de la fiesta para la celebración), vestían suntuosas y coloridas polleras (Faldas de una tela muy gruesa adornada de finos tejidos y lentejuelas) y bailaban al ritmo de la banda. Con una gracia muy forzada por la presencia del peligro, danzaban haciendo un ruedo en cuyo centro se encontraba el toro. Mientras esto sucedía, los bravos indígenas intentaban dominar al animal y lo martirizaban, haciendo gala de su supremacía sobre el feroz animal.
 El Prioste y su bastón Súbitamente, el toro perdió los estribos y dió un par de brincos. Maceteras, indígenas y fotógrafos, echamos a correr, intentando huir del embrabecido animal. Es indescriptible el sentimiento tan antagónico que tenía dentro de mi en ese instante... un sudor frío recorría mi cuerpo, luchando entre el peligro evidente y el deseo de captar esas imágenes tan poco reales. Mientras mantenía mi ojo en el ocular de la cámara, intentando fotografiar al animal, contra toda lógica, la muchedumbre emprendió una desbocada carrera... ! Hacia el toro !.
 La esposa del prioste
 Bailando con los toros Asombrado regresé a ver y me percaté de que a pocos metros se encontraba otro toro de mayor tamaño que corría directamente hacia mi. El miedo venció al fotógrafo. No esperé una explicación para tal comportamiento y corrí junto a la multitud huyendo del gigantesco animal. Cuando regresé a ver, varios hombres dominaban al animal y lo obligaban a quedarse en un solo lugar, mientras otros hombres más audaces, intentaban montarse encima del toro. No podía creerlo. La música no paraba y las cholas elegantemente vestidas continuaban bailando alrededor del embrabecido animal. Mientras esto ocurría, el otro toro había salido ya de la cancha y un tercer toro hacía su entrada por el extremo opuesto de la cancha, acompañado de varios sujetos con disparatados disfraces.
 Las bellas y la bestia Lo que siguió a continuación fue completamente inesperado y rápido: una secuencia de gente huyendo de los toros, otros provocando al animal con diversas artimañas, otros intentando subirse en su lomo y las muchachas con sus elegantes vestidos bailando al ritmo de la música de la banda del pueblo. La banda tocaba la música sin parar, los hombres seguían bebiendo el trago de caña, los toros seguían intentando su desesperado escape y las muchachas bailaban entre una carrera y otra, alrededor de los toros. La bruma de la mañana, la música y la enorme cantidad de adrenalina vertida, se mezclaban con los sentimientos de desesperación por salvar el pellejo... y supongo que los pobres toros sentían lo mismo. Podía ver la desesperación de los animales en su mirada. Era un circo romano en su apogeo, una lucha donde desafortunadamente el animal nunca podría ganar. No habían capas ni espadas, ni toreros de gala. Solo una cuerda y las manos de cientos de hombres dominando al animal.
 Todos contra el toro ! En un momento de ira extrema y desesperación, un toro saltó desequilibrando a los hombres que lo dominaban y salió corriendo tras la muchedumbre. Un grupo de hombres, que siempre estaba a la cabeza de la dominación del animal, denominados “Guías”, corrió junto al toro para someterlo y nuevamente torturarlo escupiendo licor de caña a sus ojos. Era un espectáculo penoso y desesperante. Pero la algarabía y bravura, mezcladas con el alcohol, eran difíciles de parar. Tras una peligrosa y reñida pelea, los hombres a puño limpio tumbaron al animal y lo ataron para que no escape. El olor de la adrenalina y el miedo dominaban el ambiente. El sudor de la lucha entre los hombres y el toro, se mezclaba con el olor del licor y los perfumes de las muchachas elegantemente vestidas. Comenzaba a marearme. Marcela hace rato que había desaparecido de la escena, víctima de la brutalidad del espectáculo. El toro, ese noble y gigantesco animal que transmite tanto temor (Y en mi interior una pena infinita) había sido vencido por la embrabecida muchedumbre.
 Sobre el toro
 Un hombre, una cuerda y el toro El blanco lomo del animal chocaba con el verdor del césped. Como Gulliver en sus legendarios viajes, el gigante cayó al suelo y las cuerdas lo inmovilizaron. Tanto las muchachas como los “gladiadores”, posaron junto al animal a su tiempo. La música, que hasta ahora continuaba en forma ininterrumpida, se silenció repentinamente dejando un vacío... el viento corría calmado y al fondo escuchamos un anuncio: “pedimos a los señores encargados traer los cuchillos para extraer del toro la sangre caliente para servir a los presentes”. Mi respiración se agitó y mi corazón latía muy fuerte... ¿Había escuchado bien?, ¿Sería posible que .... ?
 Una matanza en nombre de Dios
 Contrastes Mientras esos pensamientos cruzaban por mi mente, un fornido hombre embistió con su cuchillo la vena aorta del animal y un fuerte chorro de sangre brotó entre la gente. Gritos de euforia celebraron el acontecimiento. Tanto niños como adultos se avalanzaron sobre el toro para obtener un poco de su sangre. Todos la bebieron como si se tratara del mayor manjar sobre la Tierra. Niños, jóvenes, adultos, ancianos, hombres y mujeres, todos lo hiceron a su turno. El líquido carmín que brotaba del animal cubrió en cuestión de minutos el suelo del estadio. Los rostros se cubrieron de sangre, las manos de los hombres terminaron rápidamente de faenar y matar al toro... y el barro del suelo se mezcló con la sangre. Una mezcla de euforia, licor y los ensangrentados restos del noble animal se impregnó en todos los presentes. Mi estómago empezó a sentir naúseas.
 Las maceteras
 Maceteras Poco a poco el toro se desangró y fue faenado con igual euforia. La banda continuó nuevamente con la música y las cholas bailaban efusivamente. El olor a sangre dominaba el ambiente y en algunos momentos se veía a álguien obtener un pedazo del toro y levantarlo con euforia. En pocos minutos el toro había sido completamente faenado y un pedazo muy grande de la mejor carne había sido cortado para obsequiarla al Prioste. Este personaje, bastón en mano, es la pieza más importante de toda la celebración. Es su pilar principal y brinda todo el soporte económico para la fiesta. Como un gran jefe, encabeza las ceremonias y decide el rol de cada persona en la celebración.
 El prioste y su esposa
 El toro subyugado Este año había sido un exitoso migrante que trabajaba en los Estados Unidos. Venía de la civilizada metrópoli con sus ruidosas calles, directamente a la celebración, para ser el amo y señor de los festejos. El bastón cuidadosamente adornado era una herencia de las antiguas tradiciones shamánicas del Ecuador. Es un símbolo de poder y mágia. Vestido con una camisa azul que dejaba entrever sus cadenas de oro (Otro símbolo de poder económico), repartía licor y sangre. Ahora, en un acto de supremacía, recibía junto a su esposa, la pleura del toro (Que según nos enteramos luego, sería vestida por el y su esposa en las siguientes celebraciones).
 Sin posibilidad de escapar
 Sangre noble sobre el césped Cuatro hombres llevan el pedazo de carne hacia la casa del Prioste, seguidos por las muchachas (Llamadas “Maceteras”) y la banda del pueblo. Esta carne será cocinada y brindada a todos los presentes por el Prioste, como un rey ofrece una ofrenda a sus plebeyos. El prioste desaparece entre la muchedumbre y pronto la banda de música, se pone de pie y empieza una procesión. La euforia gradualmente disminuye y, mientras tanto, varias personas terminan de faenar el toro, mientras el resto se aleja hacia la casa del prioste. Pero no todo sirve de alimento. La pleura que recubre los órganos del animal será en pocas horas vestida por el prioste y su esposa como si se tratara de un poncho.
La piel del animal, que es cuidadosamente separada, se usará horas más tarde para “reconstruir el animal” y elaborar un muñeco recubierto de juegos pirotécnicos llamado “La vaca loca”. Esta “Vaca loca” es cargada por varios individuos durante las celebraciones nocturnas. Estos personajes corren tras toda la gente del pueblo gargando el muñeco y haciendo el ademán de perseguirlos para atacarlos con sus cuernos. Cuentos y narraciones sobre la bravura de los hombres que mataron al feroz toro, adornarán la noche. Mientras esto ocurre, la Vaca Loca estalla en fuegos artificiales de múltiples colores que asustan a los transeuntes. Luego supe que la vaca loca es una de las múltiples tradiciones que los soldados españoles dejaron en suelo Ecuatoriano.
Sangre, sudor y adrenalina, son los componentes de una fiesta cuyo objetivo principal es el homenajear al “Señor de los Milagros”. Pero, aparentemente el origen legendario de ésta fiesta centenaria se remonta a la época en la que las grandes haciendas ganaderas dominaban la región. Estas tierras que antes fueran de los cañaris, incas y otros pueblos indígenas, ahora eran de grandes señores que mantenían grandes extensiones de ganado. Los indios, obviamente, trabajaban para los grandes señores y el ganado estaba destinado solamente al usufructo de los hacendados. Según cuenta la leyenda, en épocas pasadas un portentoso hacendado se dió cuenta de que sistemáticamente sus toros disminuían en número en cierta época.
Al observar de cerca su ganado, se dió cuenta de que los indios en una época del año, robaban un toro y lo faenaban para repartir la carne a sus familias. Buscando una solución al problema, decidió dejar libre una vez al año un toro para que -como recompensa al trabajo bien logrado- fuera capturado y consumido por sus peones. Con el pasar de los años, éste hacendado decidió abandonar ésta práctica por cuanto había perdido una gran parte de su rebaño. Descontentos, los peones comenzaron a hacerlo por su propia cuenta. Seleccionaban un toro cada año, lo perseguían, mataban y hacían una fiesta para celebrar el acontecimiento.
Con el paso del tiempo, esto se convirtió en una tradición que se mezcló fácilmente con celebraciones religiosas y actividades que habían sido implementadas en su mayoría por los conquistadores españoles. Con el paso del tiempo, la iglesia se enteró de ésta celebración pagana y decidió anexarla a su lista de celebraciones oficiales y se comenzó a efectuar como un “sacrificio” para honrar al Señor de los Milagros. No es entonces de extrañar que esta festividad sea en gran parte a beneficio de la iglesia. Hoy en día, una gran parte de los “poderosos personajes” del pueblo, viven en los Estados Unidos. Han migrado para hacer dinero y sostener a sus familias, empujados por una situación social y económica muy difícil. La iglesia es el único poder que en cierta forma prevalece en éstos pueblos donde los hombres son escasos debido a la migración.
Pero cada año, regresan con dinero y ayudan a hacer de ésta fiesta de sudor y sangre, una fiesta más suntuosa y agresiva. Cada vestido de las muchachas, con sus hermosas blusas y sus coloridas faldas, llegan a costar facilmente mil dólares de los Estados Unidos. Los poderosos priostes, elijen a las guapas Maceteras, a los Guías del Toro, reciben los Toros y organizan toda la fiesta, donde practicamente todo el pueblo toma parte. Según nos comentó un habitante de Girón, el año pasado una chica nortemaricana de cabello rubio y ojos azules vistió el traje típico de las Maceteras y bailo junto a los toros, traida por un poderoso Prioste. De esta forma, un nuevo elemento se añadió a la fiesta.
Hacia la noche, los restos del toro, junto con cuyes y otras comidas tradicionales, se repartirá entre los invitados. Una parte de la carne es rematada, a favor de la iglesia. La sangre, el licor y la carne del toro, han cumplido con la misión de hacer más fuerte a la gente y servir de ofrenda para el “Señor de los Milagros”. De esta forma, una tradición que de alguna forma posiblemente tiene un origen en las épocas de la colonia, ha adquirido un nuevo tono en la actualidad. Ha servido para preservar el poder de los priostes y presumir ante las Maceteras. También sirve para fortalecer algo más que el vigor viril de los hombres: ha servido para fortalecer la presencia de la iglesia. Las tradiciones indígenas otra vez se han mezclado con las costumbres traidas desde fuera. Su origen se pierde en la lejanía del tiempo.
La música, la sangre, el temor de ser embestido por el toro, el colorido baile de las Maceteras y la euforia de los hombres que participan en ésta fiesta, se juntaban en mi cabeza mientras intentaba, a través del lente de mi cámara, capturar la escencia de una celebración llena de energía y misterio. A cada segundo, la posibilidad de ser embestidos por los toros o golpeados por las multitudes, nos hacían despertar cada uno de nuestros sentidos. Más allá de lo moral y ético, más allá de los sentimientos encontrados de repudio e interés, más allá del lente de mi cámara, una tradición de siglos de existencia tiene lugar en un pueblito enclavado en los Andes del Ecuador, llamado Girón.
De regreso a Cuenca, nuestras miradas lo decían todo: Un nudo en la garganta había sido causado por el frenético actuar de las multitudes y su sed de sangre. Nuestras ropas olían a ello. Era necesario pensarlo y limpiar la cruel energía que culminó en la muerte del toro. Pero nuestro deber era principalmente documentarlo y lo habíamos hecho, nos guste o no.
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